Después de 80 años, que cumple este martes, medio centenar de películas y un puñado de libros, a Woody Allen se le atribuyen cientos de frases geniales. La mayoría son suyas, aunque también le caen del cielo en el que no cree citas de Groucho Marx y de algún otro genio. Lo mejor del siguiente repaso es que se podrían sustituir las frases de este texto por otras tantas distintas y no serían peores.

Allan Stewart Königsberg fue además un hombre adelantado a su época. O, por lo menos, a la Wikipedia. En ella «se estima que la telebasura existe desde los años ochenta en Estados Unidos y de los noventa en el resto del mundo audiovisual». En «Annie Hall», película de 1977, nuestros amigo ya decía lo siguiente:

«En Beverly Hills no tiran la basura, la convierten en televisión»

No es casualidad que la Asociación de Guionistas de Hollywood acabe de elegir aquella maravillosa comedia como la mejor de la historia. Sus chistes tenían una profundidad especial, eran más bien reflexiones sobre la vida, la muerte, el sexo… sus obsesiones de toda la vida:

«Cuando era alumno, me echaron del colegio por copiar en la prueba de Metafísica. Miré en el alma de mi compañero de pupitre»

El humor contra sí mismo es otro de los rasgos de Woody, que no pierde ocasión de ridiculizarse:

«No me aceptaron en el Ejército, fui declarado inutilísimo. En caso de guerra, sólo valdría como prisionero»

Y su visión del mundo es cómicamente pesimista, un oxímoron que cargó sobre sus espaldas sin aparente esfuerzo, quizá porque en última instancia siempre escondió un punto de esperanza:

«Yo creo que la vida está dividida entre lo horrible y lo miserable. Lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No sé como pueden soportar la vida, me parece asombroso. Los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias por ser miserables»

Autoconsciente de sus defectos y cansado de pagar al psicoanalista, Woody Allen lleva a sus personajes al diván, incluso cuando él no actúa. Este diálogo de «Scoop» (2006) es elocuente:

«Eres un pesimista, ves siempre el vaso medio vacio». «No, lo veo medio lleno, pero de veneno»

El ahora octogenario artista siempre ha hablado de sí mismo, mientras nos retrataba a los demás. Su infancia, más o menos «desidealizada», siempre ha estado presente en sus obras. En «Bananas» (1971), una de sus primeras comedias, no deja de hablar de ella:

«Yo sufría de incontinencia cuando era pequeño y como solía dormir con una manta eléctrica, estaba continuamente electrocutándome»

Por supuesto, sus padres son citados con frecuencia y a veces hasta aparecen, aunque sea avergonzados y semicamuflados, como en «Toma el dinero y corre». En «Días de radio» (1987), el pequeño protagonista adquiere protagonismo (Seth Green estaba genial).

«De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga»

Volviendo a «Bananas», allí juzga a sus progenitores casi con benevolencia:

«Siempre he tenido buenas relaciones con mis padres. Me pegaban muy poco. De hecho, me parece que sólo me pegaron una vez durante toda mi infancia. Empezaron el 23 de diciembre de 1942 y acabaron en la primavera de 1944»

En esa misma película se desata otra de sus obsesiones, el sexo, que tampoco puede tomarse en serio, sobre todo cuando lo practica él. Como primer acercamiento, no está mal esta frase:

«Me gusta leer pornografía en Braille»

En sus siguientes películas es incapaz de abandonar el asunto. En «Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar», de 1972, confiesa lo siguiente:

«Fui el primero en descubrir la relación entre la excesiva masturbación y la afición a la política»

Y un año más tarde, en «El dormilón», suelta una de sus frases más conocidas:

«El cerebro es mi segundo órgano favorito»

No tardaría en arremeter contra esa misma parte del cuerpo, aunque tuviera que contradecirse a sí mismo, en «Manhattan», 1979.

«Creo que el cerebro es el órgano más sobrevalorado»

En aquella película, con fantástica fotografía de Gordon Willis, Woody Allen saca su lado más romántico. Si una chica le gusta, no se rinde:

«Mi psicoanalista me advirtió de tu bisexualidad, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista»

Escribiendo piropos o describiendo situaciones con sutileza también es único. En «Todo lo demás» (2003), escribe esta bomba:

«Sus hormonas las utilizaría el Pentágono para hacer armas químicas»

Y al mismo tiempo, Allen se volvió cada vez más descarnado, capaz de soltar chistes groseros, como este de «El dormilón»:

«Soy una persona de vida y costumbres sanas. No fumo, no bebo y jamás forzaría sexualmente a una mujer ciega»

Y este otro de «Delitos y faltas» (1989):

«La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad»

La incorrección política se convierte en su fuerte en «Desmontando a Harry» (1997):

«¿Seis millones de judíos asesinados? Todos los récords están hechos para ser superados»

La barbaridad deja pequeña a su célebre frase de «Misterioso asesinato en Manhattan» (1993):

«Después de media hora escuchando a Wagner me entran ganas de invadir Polonia»

En la misma película, un personaje suelta otro chiste que en las manos equivocadas acabaría en un debate sobre el machismo:

«Guarda algo de locura para la menopausia»

Con la homosexualidad tiene las mismas precauciones: casi ninguna. En «La última noche de Boris Grushenko» (1975), juega con los silogismos:

«Todos los hombres son mortales. Sócrates era mortal. Por lo tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres son homosexuales»

Y termina abordando otro de sus temas favoritos, la muerte.

«No quiero alcanzar la inmortalidad mediante mi trabajo, sino simplemente no muriendo»

Woody Allen, en definitiva, explica en «Desmontando a Harry» que lo mejor que puede escuchar una persona en vida no es una declarción de amor:

«Las palabras más bellas de nuestro idioma no son ‘Te quiero’, sino ‘Es benigno’»

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