Nos ha pasado absolutamente a todos: vamos tan tranquilos por la calle y, de repente, un momento, ¿me ha vibrado el móvil? Y resulta que lo miramos… y no, ni se ha inmutado.

No le daríamos importancia si nos pasara una o dos veces, pero a todos nos ha pasado de manera más o menos recurrente. Y es entonces cuando, a medio camino entre el humor y la paranoia, nos preguntamos: ¿me estoy volviendo loco por este asunto?

Si se lo comentas a alguien de tu entorno es probable que te responda con la cantinela de que eres un enganchado o un adicto ¿Será verdad? ¿Tendrá razón nuestro agónico amigo?

No, no la tiene.

La verdad: teoría de la detección de señal

Lo cierto es que todo esto tiene una explicación psicológica de lo más normal. Y esa explicación es la teoría de la detección de señal, una corriente que estudia este tipo de comportamientos.

Según esta teoría, la mayoría de los seres humanos que usamos el móvil a diario y de manera frecuente (en torno al 80%, ojo ahí) nos enfrentamos con mucha frecuencia a este tipo de situaciones, que de un modo u otro alteran nuestra percepción y nos hacen sentir aparentes alarmas donde, en realidad, no las hay.

Pero entonces, por mucho que lo hayamos explicado, ¿esto es normal? ¿O no hace más que indicar lo enganchados que estamos? En absoluto: lo que la teoría de la detección de señal explica es que un comportamiento así, lejos de ser extraño, responde a una lógica mental bastante común y en absoluto criticable.

Y es que por mucho que tu amigo tecnófobo te acuse de estar más pendiente del mundo digital que del ‘real’, lo cierto es que la vibración del móvil no tiene por qué significar un acontecimiento frívolo, sino también una llamada de teléfono importante. Pero vayamos más allá: incluso en el caso de que sea algo frívolo (un ‘like’ en Facebook, un favorito en Twitter…) seguirá teniendo su lógica, ya que cualquiera de estos acontecimientos indica un acto de interacción con nosotros, con lo que es totalmente lógico que nos preocupemos por no perder la oportunidad de llevar a cabo esa interacción.

Así que lo sentimos, amigos tecnófobos: no seremos nosotros los que nieguen que quizá –sólo quizá– le demos a la interacción digital más importancia de la que tiene, pero una cosa está clara: no por ello estamos enganchados a nada.

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