Es fácil quedarse en la superficie y descartar «Narcos» por una cuestión de acento. Wagner Moura, que da vida a Pablo Escobar, es un actor brasileño cuyo falso acento colombiano solo engañará a parte del público estadounidense, primer mercado de la serie de Netflix.

La globalización del gigante, con 70 millones de clientes en todo el mundo, incluida España, juega en contra de los visibles esfuerzos del intérprete. Como Viggo Mortensen en «Alatriste», Moura se expresa en una subvariante de español neutro que no esconde del todo un leve ritmillo interior, como de samba. En cuanto le dieron el papel, el hombre voló a Medellín, se matriculó en la Universidad y estudió lo mismo que su personaje. Incluso se zampó las arepas que fue menester hasta conseguir el peso requerido. Lo del idioma es especialmente relevante porque la serie utiliza el español tanto o más que el inglés, en busca de autenticidad y sin tener en cuenta lo anticomercial de la medida. «Yo era un brasileño flaco que no hablaba español», admite el protagonista, desautorizado con rotundidad por su mentor. «Wagner es uno de los mejores actores del mundo y punto», zanja José Padilha, productor ejecutivo y director de los dos primeros capítulos, que ya había trabajado con su compatriota en la película «Tropa de élite».

Polémicas aparte, la recreación del personaje es impecable, pero no es eso lo más notable de la serie, que navega sin desorientarse en las procelosas aguas que separan lo épico de lo dramático, sin glorificar al delincuente, pero sin esconder su indudable talento para el mal. «Narcos» destaca además por su vertiente pedagógica, reforzada de forma invisible por su original punto de vista. Con un uso magistral de la voz en «off», recurso facilón y peligroso en las manos equivocadas, Padilha recuerda al Scorsese de «Uno de los nuestros», con sus impagables lecciones sobre la historia reciente del narcotráfico. Resulta apasionante descubrir por qué el tráfico de cocaína se convirtió en un negocio tan rentable en Colombia, cómo evitó Pinochet que se instalara en Chile, qué papel ejerció Noriega desde Panamá y por qué los Estados Unidos anduvieron tan escasos de reflejos, pese a que sus ciudadanos fueron pronto los principales consumidores de la sustancia blanca que fabricaba Escobar a una escala inimaginable. Padilha, un cineasta formado en el documental, demuestra una enorme capacidad didáctica. Su relato no es la previsible persecución de los malos a cargo de los héroes del norte, pese a que estos prestan su punto de vista.

La «corresponsabilidad» de EE. UU.

Además de estas pequeñas píldoras, el mayor mérito de «Narcos» es atrapar con la historia de Pablo Escobar, pese a que su final es casi tan conocido como el de «Titanic». Al desenlace, por cierto, no se llega en la primera temporada, de diez episodios, para dicha de sus seguidores. Chris Brancato, otro de sus creadores, presume de haber explorado como nadie en la «corresponsabilidad» que tuvieron los Estados Unidos en este asunto. «Reflejamos el absurdo actual de ciertos aspectos de la guerra contra las drogas», añade. Tampoco se esconden los grandes éxitos de aquella lucha. No solo de la DEA. La propia policía colombiana, o parte de ella, se mantuvo en el frente pese a que se desangró hasta extremos increíbles. No menos reseñable es la valentía suicida de un puñado de políticos, liderados porLuis Carlos Galán y César Gaviria (excelentes sus intérpretes, por cierto), que se jugaban la vida a diario por el mero hecho de no dejarse corromper.

«Narcos» refleja asimismo el papelón de las mujeres de Escobar: su esposa, su madre y sus amantes, sobre todo la periodista Virgina Vallejo(Valeria Vélez en la «ficción»), cuyos libros han sido estudiados por los guionistas, que investigaron durante 17 años antes de lanzarse a escribir «Narcos». La profusión de hechos y personajes es uno de los argumentos que llevaron a rodar una serie y no una «simple» película. Algo parecido ocurrió con «Carlos», excelente miniserie francesa de Olivier Assayas sobre otro famoso delincuente, con la que guarda no pocas semejanzas.

Y, por supuesto, destaca el trabajo de los dos agentes de la DEA, Boyd Holbrook y Pedro Pascal, que llegaron a entrenarse en la Academia de Quantico (Virginia), ahora inmortalizada en otra serie de AXN. El verdadero Peña (Pascal) da su bendición al resultado: «Para mí, se trata de una clase de Historia importante. Habla de todo lo que intenté explicarles a los escritores: mentiras, sobornos, sexo, amor… Es una cronología. Esto es lo que pasó. Y creo que hicieron un magnífico trabajo». Podemos seguir quejándonos del acento o esperar la segunda temporada.

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