Google, al igual que Apple, es una de esas compañías que mientras cambiaban el sector tecnológico cambiaron el mundo. Para bien, en general.

Pero toda luz tiene su sombra y el Joker no existiría si no hubiese un Batman. ¿Es justo decir que el Caballero Oscuro es el culpable de las fechorías de este villano? En este caso sí, porque ambos son Google.

Hubo un tiempo en el que el ‘don’t be evil’ era un lema que nos creíamos. Después, llegaron lo coches: la recogida sistemática de datos de los vehículos de Street View fue la primera gran crisis de reputación del buscador. Desde entonces, su forma de tratar la privacidad y el cuidado y almacenamiento de la información de los usuarios de sus servicios -muchas veces, totalmente ajenos a todo esto por desconocimiento- ha dejado mucho que desear.

En el fondo, es lógico: en apenas quince años han pasado de ser una pequeña start-up (cuando ni siquiera sabíamos qué significaba eso) a una de las empresas más poderosas del mundo. En parte fue una victoria y en parte, algo que lamentar. Google, con sus colorines, sus ‘doodles’ y sus protestas ante la ley mordaza, comienza a comportarse como una empresa de esas de trajes, corbatas y abogados que dan miedo. Controlan el mercado de los buscadores y son investigados por abuso de posición dominante en Android.

Antes de seguir con Android hay que tratar la peor maldad de Google: la neutralidad de la Red (a grandes rasgos, tratar todo el tráfico igual). Desde hace años, su postura ha sido más cercana a la de un supervillano que a la del superhéroe que parecía que sería la empresa.

Lo peor es que como compañía ha ido ganando fuerza en esta polémica. Ya hace años tocó la fibra de Facebook -nada menos- cuando se comprometió, junto a Verizon, a proteger la neutralidad con un asterisco enorme y una letra pequeña diminuta: dejaba fuera de esta protección las redes móviles. Esto es, más o menos, como si Greenpeace asegurase que quiere proteger los linces ibéricos y dejase fuera de la protección a sus crías, porque quedan fenomenal como abrigo.

Años más tarde, ‘Google de Vil’ decidió que, ya puestos, podía crear su propia Red y puso en marcha el proyecto Google Fi, con el que pretende proporcionar internet de alta velocidad a un precio muy reducido… a quienes compren sus teléfonos (Nexus 6, en concreto). La Red, por lo tanto, discriminaría en función del aparato.

Como decíamos, otro de sus pecados tiene que ver con el sistema operativo móvil. Y es que la firma tiene una magnífica plataforma abierta -hay quien aquí le daría un pecado adicional por una apertura de esas por las que apenas pasa la corriente-, pero no se preocupa por el resultado final.

El Android que desarrolla Google es un sistema operativo que no solo compite de tú a tú con iOS, sino que para muchos es superior a este. Sin embargo, una vez que sale de Mountain View, Google se desentiende. No es solo que permitan las capas de personalización horribles (no hay que confundir libertad con libertinaje), sino que van más allá y no importa si Android no funciona bien: se empaqueta en un dispositivo de menos de 100 euros y se vende una experiencia desarrollada hace dos años (cerca de un 50% de los terminales utilizan una versión de Android anterior a KitKat). Why so serious?

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