Si coges a un señor o señora de hace veinte años y le preguntas que dónde está el negocio de una compañía telefónica, te mirará como dudando (y no por la extrañeza de hablar con alguien del futuro) y luego te responderá que ‘lógicamente’ en la factura telefónica. Correcto, pero le pides más detalles.

‘Pues en lo que hablas, claro’. El momento en el que eso dejó de ser correcto fue cuando la industria del móvil cambió para siempre.

Si lo piensas bien antes el problema era llamar. Hubo un tiempo en que llamabas sólo a teléfonos de tu provincia (la llamada nacional era más cara), y mejor de noche (de día era más caro). Llegó el fin de los prefijos y lo de la geografía dejó de importar tanto. Llegaron los móviles y dejó de importar del todo (salvo por esos pueblos donde tenías que subirte al campanario para pillar cobertura, pero eso es otra cosa)

El gran cambio para la factura telefónica, que desconcertaría a nuestro señor de hace dos décadas, no fue tanto el de los móviles sino lo que pasó después de ellos.

El negocio: las llamadas, los mensajes y la conexión

Primero las operadoras ofrecían tarifas ‘a la carta’ para que cada uno eligiera su precio y las horas de llamadas, con el establecimiento de llamada y los minutos detallados. Un lío.

Después vieron que el negocio no eran las llamadas, sino los mensajes: la gente escribía hasta sin mirar el teléfono (cuando sólo teníamos teclado numérico y nada de pantallas táctiles). Entonces metieron en las tarifas la variable de los mensajes, con ‘packs’ y precios variados. Y los usuarios se ‘inventaron’ la llamada perdida para ahorrar con eso.

Ahí es cuando llegaron los smartphones y su punto diferencial: la conexión a internet más o menos rápida (y, ay, las pantallas táctiles). El negocio entonces ya no eran ni las llamadas ni los mensajes, porque había apps que permitían llamar y escribir gratis. El negocio empezó a ser la conexión a internet.

Y ahí seguimos: ahora en las tarifas no hay ni establecimiento de llamadas, ni minutos tarificados, ni precio por mensaje. Ahora hay tarifas planas para que llames todo lo que quieras (hasta ciertos minutos), escribas lo que quieras (hasta ciertos mensajes) y lo que de verdad cambia es cuánto puedes navegar a máxima velocidad. Por eso en este mes de julio las operadoras han decidido dar de alta de forma automática a todos sus usuarios en servicios que empiezan a cobrar los megas extra si no te das de baja tú antes (cosa que, por cierto, deberías hacer para evitar sustos).

Esto último, además de una jugarreta sucia de las operadoras (porque no todos los usuarios se enteran de estas cosas hasta que ven la factura), es el intento a la desesperada de estirar el chicle de que el negocio sea el cobrar la conexión. Las amenazas en el horizonte son variadas: desde el anunciado fin del roaming en la UEhasta las apps para conectarse a wifis diversas (algunas colaborativas), por no hablar de las wifis abiertas (y sus intentos de generalizarlas a pesar de sus peligros).

Las apps que no consumen

Pero hete aquí que la industria ha dado una nueva vuelta de tuerca al negocio de la conexión. Si los fabricantes se siguen haciendo de oro vendiendo móviles de cientos de euros cada -como mucho- dos años (viva la obsolescencia programada, y viva la ‘necesidad’ del usuario de estar a la última), ¿por qué las operadoras no iban a poder seguir con el modelo de ingresos basado en la conexión de los usuarios?

En alguna ocasión os hemos hablado del concepto de ‘neutralidad de la Red’. Ese señor de hace dos décadas igual no lo ha escuchado demasiado, pero ahora sale a la palestra cada dos por tres: en esencia es el principio por el que el acceso a cualquier web es igual, de forma que no se prioriza o perjudica ninguna en detrimento o favor de otra. Aquíos lo explicamos a lo Juego de tronos, que es algo bastante original (ojo con spoilear a nuestro señor del siglo pasado)

Esa máxima vuelve a estar en peligro para dar continuidad a la industria del cobro por conexión: la última ocurrencia de las operadoras es ofrecer contenido gratuito a determinadas apps. Por ejemplo, algo que hizo Movistar (el artista antes conocido como Telefónica), ofreciendo en sus terminales acceso a Tuenti sin consumo de datos. Lo mismo hace por ejemplo Vodafone con Mi Vodafone, su app de gestión para los usuarios.

Dicho así es algo bueno para el usuario, claro, pero abre una puerta a la vez peligrosa: si las operadoras dan acceso gratuito a unas apps mientras que para acceder a otras sí consumes datos -y, por tanto, dinero-, ¿no se está sentando un precedente peligroso?

Sirva como ejemplo lo último de Orange (y así citamos a todas las operadoras) con su tarifa ‘Colibrí’: en ella se ofrece conexión a Facebook y Twitter sin coste de datos. Lo de Movistar con Tuenti y lo de Vodafone con su app de gestión tiene como explicación y lógica que priorizan apps de las que son propietarias, pero… ¿y lo de Orange?

Pues lo de Orange es una fantástica noticia para el usuario, que podrá usar las redes sociales más conocidas e importantes del mundo, pero a la vez sienta un peligroso precedente: ¿cómo puede impactar en el mercado el hecho de que el uso de unas apps o empresas se vean favorecidas por medidas así? Piensa por ejemplo en el caso de la venta online, si se priorizara Amazon sobre eBay o Alibaba (o al revés, vaya)

Igual de aquí unos años se os aparece un señor del futuro y se os ríe en la cara cuando le respondáis ‘cobrar la tarifa de datos’ a la pregunta de cuál es el modelo de negocio de las operadoras. Sea lo que sea lo que venga, con neutralidad de la Red o sin ella, no olvidéis extrañaros (no ya por la pregunta, sino porque se os aparezca un señor del futuro)

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